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El día que conocí a Manhattan


“El vudú es el cimiento que une al pueblo haitiano en las crisis y nos salva de la desesperanza que cargamos como una condena eterna— le había dicho Siara al poco tiempo de conocerla. La mambo le contó que el vudú haitiano no era sólo una religión traída por los esclavos africanos en la antigua colonia francesa, “sino una manera de conectarnos al mundo, a las fuerzas de la naturaleza y a la energía vital”. - Capítulo 3, Absenta Dulce.



Manhattan no es una mujer de muchas palabras. Es serena y pausada. Habla más con su mirada y sus manos de artista. La conocí una tarde dedicada a visitar galerías en el Viejo San Juan. Entré con mi marido a la sublime Galería Éxodo en la calle del Cristo, y pronto nos separamos, cada uno merodeando por su lado en aquel laberinto de creatividad que hipnotiza. Al rato, Radamés llegó a buscarme apresurado y me dijo: “Tienes que ver esto”. Lo seguí hasta llegar a una esquina de la enorme galería donde descansa un busto de mujer recubierto de un complejísimo patrón de pedrería y otros mil elementos que se entremezclan como serpientes coloridas. Quizás, para el visitante casual, se hubiera tratado sólo de una pieza llamativa, pero yo supe en un instante lo que realmente era: una bandera de vudú moldeada en el torso de un maniquí de mujer. Me quedé sin aliento, literalmente. Nos miramos. Radamés susurró: “Esta es la portada de Absenta Dulce”, pero yo casi no escuchaba, absorta en aquella obra que ahora adorna la portada de mi segundo libro.


La palabra vudú tiende a espantar (a veces por ignorancia, pero más frecuentemente por racismo) a quienes desconocen que sólo se trata de otra religión, y de hecho, una que los haitianos mezclan muy orgánicamente con el catolicismo en un híbrido que es muy de ellos. Las dos veces que he visitado Haití, no fallé en visitar la catedral de Nuestra Señora de la Asunción en Puerto Príncipe, que colapsó en el terremoto del 2010. Era hechizante observar la devoción cristiana conviviendo plácidamente con la visita en la tarde a ver a la mambo. Las similitudes son muchas. Unos invocan a Dios; ellos invocan a Bondye (el buen Dios). Unos les rezan a santos para que intercedan ante Dios; ellos hacen lo mismo con las loas. Unos usan imágenes para proveer un visual a su espiritualidad; ellos hacen lo mismo con las banderas de vudú, cada una representando a una loa del gran catálogo que ofrece la religión.


Aquella tarde, sin embargo, observé que el trabajo de Manhattan en aquel hipnótico busto no era una bandera regular dedicada a una loa específica, sino más bien un laberinto de historias y añoranzas. Al rato, Radamés la localizó y me llevó a conocerla. La miré y sonreí. Era exactamente como la imaginé mientras apreciaba su trabajo. Resulta que Manhattan, una extraordinaria artista haitiana, está casada con un tocayo de mi marido, Radamés Rivera, y juntos corren la galería. Durante la pandemia, Manhattan se encontró con su mente y sus manos inquietas, y las dedicó a crear aquella bandera-torso para permitir que su creatividad le aliviará el pesar del año aciago cuyas secuelas seguimos viviendo. Sin conocernos, sin saber ni nuestros nombres, ella hilvanaba aquella bandera, mientras en el mismo exacto momento, yo le daba forma final a la larguísima investigación que requirió Absenta Dulce, y finalizaba el plot ficcionalizado de aquella historia real.


Sin saberlo, Manhattan y yo trabajamos simultáneamente en el mismo proyecto. Sin saberlo, yo rellenaba páginas y ella trabajaba en una obra que terminaría siendo la imagen de la portada del libro; una conexión cósmica entre dos desconocidas que me provoca creer en la magia nuevamente.

En el 2022 alcancé una meta ambiciosa que nunca me impuse: publicar dos libros en un año. Digo que nunca me impuse la meta porque la publicación de Amores Innecesarios y de Absenta Dulce, con solo diez meses de separación, se debió realmente a los atrasos que dictaron la pandemia y los huracanes, no a la producción real de dos libros en un año. Pero igual llegaron juntos, estos dos amados libros. Ambos me cambiaron la vida de un modo que no anticipe, pero que acepté sin miedo porque cuando decidí lanzarme a hacer lo que vine a hacer en este plano, no impuse condiciones. No se le imponen condiciones a la inspiración y la musa cuando llegan: una se doblega, se arrodilla, y agradece que llegaron. Salga el tiro por donde salga, como decía mi madre. Y el tiro fue doble, guiado por una musa con un peculiar sentido de serendipia que me llevó hasta Manhattan.


Gracias Manhattan Rivera, por tu generosidad y tu genialidad. Gracias por dar nacimiento a un visual de ese perturbador personaje, Amelia Pasquier, como nadie pudo haberlo logrado. En realidad no nos conocimos aquella tarde, nos conocimos dos años antes, cuando entre ambas creamos algo en conjunto, guiadas por las loas y el sabor dulce de la caña.


Fotos por David T. Díaz, Four Two Photography.

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