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  • Ada Torres

La guerra de las abuelitas

Updated: May 12


Por allá, por el otro lado del mundo del cual no se habla mucho por estas cálidas aguas caribeñas, se desarrolla otro drama bélico creado, alimentado y manejado por hombres, como casi todas las guerras de la historia. Pero de las muchas imágenes sobrecogedoras que me estrujan el alma desde el año pasado, ha captado mi imaginación esta foto, y la noticia de la creación espontánea en Ucrania del ‘Babushka Battalion’, o el batallón de las abuelas.

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Las ‘babushkas’ ucranianas como Valentina, en esta foto, se han armado hasta los dientes, construido una torre de observación y por supuesto, siguen atendiendo el rol eterno de las mujeres en las guerras: cuidar de los caídos e intentar recomponer los platos rotos de la violencia guiada por la codicia y el deseo de dominar.


La situación en Ucrania es complejísima, y aunque a las ‘babushkas’ las guíe el deseo de defender a su país, al resto del mundo no. Lo único que importa en este conflicto son los recursos naturales y riquezas que guardan los ricos suelos de ese antiguo territorio de la desaparecida Unión Soviética, y que pueden determinar un nuevo panorama geopolítico. Eso nos toca de cerca, aunque allá exista frío y aquí palmeras. Solo mire el precio de la gasolina la próxima vez que intente llenar el tanque.


Quien entrenó a las abuelitas tampoco es inocente: se trata del movimiento ultraderechista ucraniano Azov que comulga con ideas de supremacía racial. Pero al final, mi mirada solo puede ser de empatía y resignación hacia estas mujeres, atrapadas entre las ambiciones económicas, políticas y estratégicas de Rusia, Estados Unidos y Eurasia.


Quizás esta imagen es más dramática que las nuestras en Puerto Rico, porque muestra un arma, pero no son tan distintas estas ‘babushkas’ a nuestras abuelas y madres, que se desgañitan por las calles de San Juan reclamando el derecho más básico de un ser humano: vivir con dignidad y paz en su vejez. Nuestras ‘babushkas’ no portan armas, sino carteles, pero el dolor es el mismo. Igual las de aquí y las de allá, se ahogan en un problema social estructural de la cual son víctimas sorprendidas, aunque las señales de esa podredumbre que tenemos de raíz, siempre estuvo a la vista de todas y todos.

La pobreza tiene cara de mujer; el 70% de las personas que vive bajo el nivel de pobreza en el mundo son mujeres y niñas. Pero la esperanza también tiene cara de mujer. Un día, que quizás yo no vea pero nuevas generaciones sí, nos daremos cuenta que en esa esperanza, que es urgente, hay fuerza de vida. Ahí está la llave para construirnos un mundo que no aplaste, que no asfixie, que no sea solo para unos pocos. Si ya en Puerto Rico lo hemos perdido casi todo, ¿qué mejor momento que ahora? ¿Qué tenemos que perder, en realidad?





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