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Los perros de Atacama

Updated: Apr 18, 2023

Crónicas del placer por la boca. Cuento uno.



















Una salida romántica nocturna para cenar y caminar con Radamés por el minúsculo pueblo de San Pedro de Atacama tuvo poco de nocturna. Ya son casi las diez de la noche. El sol alarga inmisericordemente el día, y mis ganas de dormir, luego de doce extenuantes horas en el desierto, parecen injustificadas ante este resplandor dorado cobrizo.


Llegamos a un restaurante llamado Adobe, el nombre de ese ubicuo material con el que se construyen muchas estructuras en el desierto porque absorbe el calor durante el día. Aquí, una merluza austral en mantequilla de calamar tan exquisitamente frita que sabe a panko, se nos deshace en la boca. Cierro los ojos para recordar el sabor según navega sensualmente por cada papila gustativa. Antes, probamos las sopaipillas de aguacate, y el mocktail de frutas con jengibre. Terminamos con el crumble de manzanas al arrope de chañar, acompañado de helado de crema de la casa. Anoto en mi memoria esta cena dentro de los hitos gastronómicos que he ido coleccionando por el mundo, y que ascendió rápidamente en esa lista, cosa que, sinceramente, no me esperaba encontrar en este lugar remoto del planeta: el desierto más antiguo de la tierra sin parecer terrícola, y que se divierte cuando te engaña con la sensación de que caminas por Marte.



Me tomó cinco meses planificar llegar al desierto chileno, y menos de una hora luego de llegar para darme cuenta de que nada de lo que estudié me pudo prevenir sobre la arena, aquella arena específica, perteneciente al lugar más seco del planeta. La arena del desierto de Atacama es una mole granulada dominante, contundente, que cuando se deja revolver por el viento en trompas espirales o tormentas impromptu, es capaz cubrirlo todo, hasta los lugares más recónditos del cuerpo…y eventualmente de la mente, según me cuentan. Me entretengo mucho en estos días acariciando la piel de la espalda y el rostro de mi muso, Radamés. Es arena como escarcha fina que una vez llegas aquí, nunca se desprende del cuerpo totalmente, no importa la frecuencia de los baños. Me gusta esta arena que se siente tosca y sensual simultáneamente.



Cuando el viento y la arena de Atacama deciden danzar juntos, una cortina rojiza lo somete todo a la obediencia; todo menos a la ganga de perros que se desplaza por la calle Caracoles de San Pedro de Atacama, con actitud de sheriff de pueblo. Ahora, sin aviso, se levanta una ola de arena y todo el mundo toma resguardo en las tiendas, barras, restaurantes, donde sea, durante los segundos que dura. Pero los perros, especialmente el negro grande con el ceño fruncido, se plantan de frente a la ola sacando pecho, como desafiando, o quizás disfrutando del pulsar brusco y a la vez espiritual de aquella nube desértica. Decidimos imitar el bravío de los perros, con quienes ya previamente nos habíamos presentado formalmente hace unos días (luego de olernos, nos otorgaron luz verde para merodear por su territorio).



Nos detenemos en la heladería del pueblo, con una fila que nunca amaina. Radamés y yo salimos del local con los labios mojados de mantecado y nos cubre una filigrana de polvillo que me recuerda el azúcar en polvo cuando flota. Lo beso, y sabe a niebla de azúcar.


Tomamos asiento en la calle, cada uno con su helado artesanal de hierbas locales cuyos nombres ya olvidé, pero cuyos sabores no, y nos dedicamos a observar a los perros y a la gente, en este devenir de minutos que se mueven en otro tempo en este desierto que transcurre en una dimensión paralela. Este desierto que te deja atisbar algo de sí, pero que esconde en sus inmensas dunas, salares y volcanes tres millones de años e historias de mil una noches doradas y cobrizas.


Desierto de Atacama, diciembre 2022. Derechos Ada Torres Toro LLC.








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