El domingo que Nietzsche visitó a Isabel en Ceiba.
- Ada Torres Toro

- 30 ene 2022
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 20 jul
Desde niña, mi padre me enseñó a llevar un libro a todos; nunca se sabe cuándo se pueden liberar unos minutos aprovechables para leer.
Aquel domingo, llevaba conmigo “The Portable Nietzsche” por Walter Kaufman, un experto y estudioso del filósofo, escritor y crítico social alemán Friedrich Nietzsche, con el que siempre he estado un poco obsesionada.
Así que con un libro del autor de la famosa —y mal interpretada— frase “Dios está muerto” bajo el brazo, entré cubierta de ironía a la Casa Museo de la patriota Isabel Rosado Morales, una mujer profundamente católica, quien dedicó su vida a luchar por los derechos humanos y la libertad de su patria. Comenzaba todos los días rezando en voz alta el Ave María. Fue maestra, trabajadora social y campeona de los necesitados. Luchó con compasión y amor al lado de Pedro Albizu y otras grandes mujeres como Blanca Canales y Lolita Lebrón. Luchó desde la cárcel, desde Vieques, desde foros internacionales. Y ahí estaba yo, visitando su museo en Ceiba para una actividad sobre su vida y obra, inadvertidamente invitando a Nietzsche, ese extraterrestre que nos ha tenido sobre un siglo tratando de decodificarlo, y quién era ateo, y encima, apolítico.
Isabel y tantas otras luchadoras de esta nación puertorriqueña, no son estudiada en nuestra educación primaria (o secundaria o universitaria) con ese pase automático del que gozan sus contrapartes masculinos. El museo de Isabel es la pequeña casita de madera donde vivió en el pueblo de Ceiba. El de Nietzsche, en contraste, es una impresionante mole arquitectónica de cristal y metal en pleno Praga, ciudad donde todo lleva su nombre: cafés, avenidas y hasta visitas guiadas para turistas que se conforma con un llavero y un selfie frente a la escultura a la entrada del museo, sin saber siquiera el nombre de pila del escritor y pensador.

Pero hay diferencias más profundas. Nietzsche perdió sus facultades mentales a los 45 años. Isabel continuó lúcida, activa, escribiendo y luchando hasta los 107 años de edad. Aunque el pensamiento del filósofo fue revolucionario, nunca accionó sobre esas ideas o las ató a un movimiento específico. Isabel jamás divorció su pensamiento crítico (muy bolivariano y hostosiano) del fragor necesario de la lucha para lograr cambios. Las peleas digitales huecas tan populares hoy día, le hubieran importado poco. Le importaba transmutar el pensamiento lúcido a la acción necesaria.
Nietzsche nunca tuvo que preocuparse por defender sus raíces patrióticas; al contrario. Rechazaba el nacionalismo alemán y lo tildaba de vulgar (gracias al universo, porque la historia nos ha mostrado las duras secuelas del nacionalismo alemán). Isabelita vivió y murió por el sueño de ver libre a su patria sin jamás odiar a su carcelero. Son pocos los seres iluminados capaces de lograr esa hazaña.
Pero intuyo algunos hilos intelectuales que les pudieron unir. Ambos veneraban la razón. Imagino los ojitos siempre vivos de Isabel dasarmándolo con amor, de frente, porque nunca le temió a nadie, y finalmente invitándolo a un café. Las grandes mentes no siempre piensan igual, pero cuando cósmicamente se encuentran… que exquisitas tertulias imagina mi mente. Hasta pronto, Isabelita. Para la próxima, mejor traigo un libro de Julia de Burgos o de Lola Rodríguez de Tió.



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