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Pasaporte Supermánico

Updated: Aug 15


Mi padre pedía que le trajera solo dos cosas de mis viajes: un mapa, preferiblemente el que hubiera usado durante la travesía, y un periódico que a veces no podía leer por estar escrito en francés, griego o árabe.


La dirección geográfica y la palabra escrita. El aguacero sucinto de dos gotas, de dos peticiones puntuales; los únicos referentes que necesitaba de los lugares cuyas estampas se acumulaban en mi libretita azul, ese pasaporte ajeno que mi padre sentía íntimamente suyo.


Don Guillermo idolatraba su pasaporte. Sentía que le otorgaba una ciudadanía Supermánica que daba permiso para mirar por debajo del hombro a otras ciudadanías de menor pedigrí; por supuesto que otros pasaportes tenían que ser inferiores si estaban ausentes de representación en Hollywood.

Irónicamente casi no lo usó. Su pasaporte Supermánico nunca lo despegó siquiera para cruzar el Atlántico, pero poco importó. Ese cartón azul lo aproximaba al mundo testosterónico y unidimensional de la Guerra Fría, de James Bond, de Rambo, de Ronald Reagan y de Bush, un universo autocontenido donde todo es blanco o negro y al final de la película, los buenos que siempre ganan son los americanos blancos. Ese documento yermo de páginas en blanco lo acercaba a la alucinación del sueño americano que a sus ojos, carecía de fallas y si algún pecadillo se había cometido jugando al poder o explotando naciones ajenas alrededor del mundo, el fin de la democracia siempre justifica los medios, me explicaba como quien señala lo obvio.


Me pesa este pasaporte, papi. Me pesa no porque sea del norte, sino porque no es mío. No tengo documento, declaración o quimera que me presente ante el mundo como puertorriqueña. Y papi me miraba sin comprender, como observando a alguien que se gana la lotería y rechaza el premio.


En mi adolescencia me pilló leyendo Las venas abiertas de América Latina, e inició un agotador itinerario de debates familiares que nunca llegaban a resolución alguna, como nunca llegan a un acuerdo el Polo Norte y el Polo Sur sobre cuál es más frío (siempre es más frío el sur, aunque el norte no lo admita).


La obra de Eduardo Galeano eliminó en mi la posibilidad de aceptar la dominancia de forma sumisa y corderil… corderil como nuestro modesto escudo que desearía yo exhibiera a una fiera con garras que se sepa defender, que sepa responder a un zarpazo inmerecido con otro, como dictan las leyes de la misma naturaleza.


La tapa del pomo me la puso Albert Memmi con su ensayo “Retrato del colonizado”. A un nivel casi celular, ya no era posible no ver lo visto. Desentender lo entendido. Cerrar los ojos al oprobio que se cuela hasta por los párpados. Seguir dando la otra mejilla. Optar por ser cordera cuando sueño con leonas delirantes.


A esos libros siguieron otros incontables que hablan de temas de los que en mi patria, o en mi Matria, se hablan en susurros, no vaya a ser que se nos acuse de socialistas, aunque la acusación desgañitada venga del señor que paga la compra con el (muy socialista) seguro social y va al médico con el (también socialista) plan de salud público. Somos ejércitos de ciegos con espejuelos.


Mi progenitor no llegó a ver la normalización de las masacres como un evento común y casi diario en su amada nación americana, y escribo ‘amada’ sin residuo de sarcasmo o burla. ¿Quién soy yo para decidir donde cada cual decide depositar sus querencias?

Mi padre tampoco llegó a ver el intento de golpe de Estado en aquel congreso lejano. No logró ver a jueces del Tribunal Supremo mentir bajo juramento para luego hacer y decir lo opuesto una vez confirmados. Nunca llegó a ver a un presidente norteamericano hacer alarde de agarrar a las mujeres por su genitalia. Nunca llegó a ver a niños y niñas enjaulados en una frontera desnuda de humanidad. Nunca llegó a ver el retroceso doloroso de los más básicos derechos humanos, un retroceso que despierta la dentera como uña arañando una pizarra.


No me atrevería imaginar lo que diría hoy mi padre, viendo a ese gigante del norte caer de rodillas y llevarnos enredados con él. Quizás a estas alturas los polos opuestos de nuestras maneras de entender la dignidad se hubieran acercado. Quizás no. No se pueden guardar impresiones de conversaciones que nunca se tuvieron. No se pueden cerrar círculos cuando falta un pedazo de la circunferencia.


Estando mi padre vivo, durante unas Navidades, una compañía internacional con operaciones en la isla envió a las salas de redacción lo que para mí fue un regalo extraordinario: una cubierta de piel para guardar (esconder, sí) aquel pasaporte impostor con mi nombre impreso. Han pasado veinticinco años desde aquella Navidad, y aún lo conservo.


Mi progenitor ya partió de este plano. Aún guardo con amor su pasaporte Supermánico casi virgen, sin manchas de tintas que le hubieran marcado el camino hacia otros mundos donde no existe Rambo, ese soldado que debería ser obsoleto pero que sigue vivo y coleando en cada masacre descarnada. Ahora la guerra es en su propia casa. Siempre lo fue, pero eso también lo hablamos a susurros, para que nadie se ofenda.


Y yo… pues sigo dando tumbos por el globo con ese pasaporte Supermánico que ha perdido el lustre de su capa de superhéroe, pero que don Guillermo tanto amó. Cada vez que desenfundo el pasaporte en una aduana lejana, trato de recordar que mi padre idolatró esa libreta azul, y me repito que sus razones tendría. Pero, al final, siempre acabo escondiendo el pasaporte dentro de una cubierta, como quien esconde un pecado ajeno de absolución imposible.


© Julio 2022 | Ada Torres Toro


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